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Le vi.

Relato publicado por Donbuk, I Concurso de relatos de terror.

 

 

Él la miraba expectante mientras ella intentaba explicarse a duras penas. Le temblaba el labio inferior mientras hablaba. Era una ardua tarea el convencer de algo tan extraño a su hermano tan dado a no creer nada. Era la persona más incrédula que había conocido en el mundo y ahora estaba ahí sentada, delante de él, intentando convencerle de algo que estaba atormentándola y que no podía demostrar más que con sus palabras.

-Le vi. Lo juro, le vi tan claro como te estoy viendo a ti ahora mismo.

Él la miró, escrutando su rostro. Tenía el gesto serio y el ceño medio fruncido.

-No me crees…-sollozó ella.

-Entiende que es complicado creérmelo.-Dijo serenamente.

Ella bajó la mirada. Por sus pestañas resbalaron dos silenciosas lágrimas que fueron a morir a sus manos. Estaba desesperada, tenía que hacer todo lo posible por salir de ese infierno.

-Te lo juro. Estaba ahí de pie, plantado, mirándome. Era alto, muy alto, moreno, con la mirada vacía y clavada en mí.- sollozó de nuevo. -Créeme- suplicó.aroa moreno relato

Suspiró y se pasó la mano por la cabeza, rascándola lentamente. Ella tenía la cara congestionada y algo desencajada. Él al verla así intentó sacarle algo más de información, intentó demostrarle que estaba de su parte aunque hasta el momento no había encontrado nada que le hiciera creer en ello. Al fin y al cabo era su hermana pequeña.

-¿Te dijo algo?- Carraspeó.

Ella tomó aire para sentenciar.

-No. Solo me miraba. Cada noche se planta en la puerta de la habitación y me observa. Sonríe y me mira.

-Dile algo la próxima vez. Invítale a cenar. – Dijo socarronamente.

– No me hace gracia. Tengo miedo.

Se recostó en el sillón sin quitar la vista de ella, que aún tenía la mirada baja y ahora se acariciaba el pelo lentamente. Parecía bastante nerviosa.

-No quiero volver a esa casa. – dijo ella.

Le sorprendió la resolución y decisión en su voz.

-Y ¿qué vas a hacer? No puedes quedarte en mi casa eternamente. Hoy tiene que volver a tu casa, yo tengo planes.

-Por favor. No me hagas ir, no puedo, si voy me moriré.- Suplicó. – o peor, me matará.

– No puede matarte algo que no existe. Tu imaginación te ha jugado una mala pasada, eso es todo. Las sombras por la noche a veces parecen cosas que en realidad no son.

– Déjame quedarme contigo, solamente un par de noches más. Hasta que encuentre otra casa o algo.

Él negó lentamente con la cabeza y ella rompió a llorar desconsoladamente.

Esa noche se despidió de ella, dejándola en el portal de su casa. Cuando miró hacia atrás se encontró a su hermana hecha un mar de lágrimas, de espaldas a la puerta y temblando. Se planteó si estaba sufriendo alguna crisis nerviosa por algún motivo que no le había contado, así que decidió que la iba a llevar al médico el primer día que no tuviese mucho lío. Quizá tendrían que ponerle medicación o algún tipo de tratamiento.

 

Llevaba unos días sin verla después de aquella conversación tan extraña que habían tenido, no contestaba a los mensajes ni cogía el teléfono. No iba a trabajar y nadie sabía nada de ella. Ya había pedido cita para ella en el médico y quería llevarla, pero no daba señales de vida.

¿Y si había decidido irse sin decir nada a nadie?, ¿Sería capaz de marcharse sin previo aviso y dejarle allí sin explicación alguna? Cientos de preguntas le rondaban la cabeza desde la primera llamada perdida, y ya no podía soportarlo más.

Y ¿si ella había decidido huir?, tenía mucho miedo y quizá el terror le hizo escapar. Ya le había dicho que no quería volver a su casa. Siempre había hecho cosillas raras, pero no la veía capaz de irse sin decir absolutamente nada. Al fin y al cabo era su hermano.

Desaparecer tanto tiempo sin decirle nada, ni una llamada, ni un mensaje. No era propio de ella. Estaba realmente preocupado. Empezó a pensar seriamente que su hermana estaba perdiendo la cabeza y tenía que ayudarla. Solo se le pasó por la cabeza un instante, la idea de que hubiese hecho alguna locura. Intentó desecharla lo más rápido que pudo, pero le quedó la sensación de desazón en el cuerpo.

Así que cogió las llaves de repuesto y se fue a su casa con la esperanza de encontrarla allí, hecha un ovillo en la cama, o por lo menos alguna pista de su paradero.

Entró en casa de su hermana y comenzó a mirar todo detenidamente. Estaba todo igual que siempre, o al menos eso le parecía en un primer vistazo. Si había decidido irse no se había llevado absolutamente nada y eso era lo que más le escamaba. No dejaba de resonar en su cabeza las últimas palabras que le dijo. Tenía miedo de que al final se le hubiese ido la cabeza y hubiese hecho alguna tontería.

Recorrió toda la casa y comprobó que su hermana no se encontraba allí, así que decidió buscar alguna señal de huida o de cualquier cosa que le pudiese ayudar a encontrarla.

Al poco tiempo de estar allí comenzó a tener una sensación extraña. Le venían olores ligeramente desagradables y sonidos amortiguados que atribuyó rápidamente a los vecinos.

Notaba como si hubiese alguien en el piso, más bien como si hubiese algo arrastrándose por los rincones. Había recorrido las habitaciones y estaban vacías. Se le empezó a acelerar el pulso y tragó con dificultad. Tuvo la sensación de que en medio del silencio los ruidos se hacían más perceptibles, y sobre ellos dominaba un siseo como de algo rozando las paredes.

De repente notó ese algo más cerca. Se le aceleró el pulso y la respiración se le entrecortó. Todas sus creencias terrenales se desvanecieron en un suspiro y una gota de sudor comenzó a rodarle por la frente.

Sin ver nada sabía que algo se había movido lentamente y luego con bastante rapidez. Y en ese momento estaba tras él, no lo veía pero lo sabía. Se giró lentamente, con miedo de lo que iba a encontrarse cuando se diese la vuelta por completo. En décimas de segundo se encomendó a todos los dioses que se le vinieron a la cabeza y volvieron a resonar en sus oídos las palabras de su hermana “Si voy, moriré”. Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta y la mandíbula apretada terminó de girarse.

Y allí estaba, de pie y mirándole. Con una sonrisa burlona en la cara, como diciendo, ahora sí que lo has entendido. Su rostro geométrico con expresión de sabido ganador. Con la piel fundida y fijada a los huesos, el pelo negro pegado al cráneo y los ojos redondos y grandes, sin alma. Con esa mirada que su hermana había descrito como vacía. Solamente viéndolos podrías entender como es una mirada sin alma.

La habitación se inundó de repente con el olor dulzón de la sangre caliente, como a óxido y a sudor. Era él quién emanaba esa pútrida fragancia.

Al tener conciencia de que lo que estaba sintiendo se había hecho corpóreo, comenzó a temblar. Su cuerpo se agitaba como una hoja en otoño. Abrió la boca para suplicar, para pedir que no acabase con su vida, o lo que tuviese pensado hacer con él. Por primera vez creyó las fantasías de su hermana pequeña, esa cosa se la había llevado para siempre y ahora…

El ser se llevó una mano grande, blanca y cadavérica a la cara y apoyó un dedo extremadamente largo y fino sobre sus labios curvados, haciéndole el gesto de que guardase silencio. No quería escuchar nada, estaba allí para cumplir su cometido y nada más.

La oscuridad se cernió sobre la estancia y el frío envolvió su ser. Notó como las fuerzas le abandonaban, y no pudo hacer nada más que susurrar, en un último aliento de cordura “le vi”.

 

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